Mapas imposibles
(o el por qué de la ficción)
Cuando contamos algo, no podemos evitar:
Recortar
Seleccionar
Ordenar
Descartar
Cuando organizamos la experiencia en forma de relato, hacemos ficción. Recordar es relatar. Incluso cuando narramos una situación de la vida cotidiana, y hasta en los libros de historia, al relatar, hacemos ficción.
Un relato es una relación, una posible manera de relacionar elementos.
Cuando hablamos de ficción no hablamos de invento, sino de orden. La ficción no se opone a la realidad, es un ordenamiento posible de la realidad.
En la vida cotidiana, y sobre todo en la vida social, la narración tiene la utilidad del mapa—el mapa nos dice adónde están el río y los monstruos. Para que funcione, necesitamos olvidar las omisiones, lo que el mapa deja afuera. Para que el mapa sirva, necesitamos pretender que lo que queda fuera no es tan importante.
Un mapa obsesivo, que buscara describirlo todo y tuviera el tamaño del territorio que representa, sería inútil—como en el relato de Borges, el mapa perfecto no tiene sentido.
Si en la vida cotidiana nos sirve olvidar que el relato de una experiencia siempre es un recorte, en el arte de la ficción buscamos recordarlo, y hasta celebrarlo. Pero la ficción como arte no es solo un intento por recuperar (dar atención a) lo que en la vida olvidamos atender.
En la literatura, o en la ficción en general, buscamos algo más. Más que intentar transformar lo desconocido en conocido, buscamos agarrar lo imposible de agarrar. Parafraseando a Rebecca Solnit, si el científico busca convertir lo desconocido en conocido, el artista busca adentrarnos en el mar de lo imposible de conocer.
En literatura, narrar es intentar agarrar lo imposible de narrar. En ese intento de agarrar lo imposible, aparece ese algo más. Como decía Sontag, la literatura busca ese algo más.
Entonces, nos preguntamos: ¿cómo puede la literatura narrativa llevarnos hacia ese algo más—hacia lo otro?
Néstor Sánchez decía que la prosa es una excusa para llegar a la poesía. ¿Puede la prosa narrativa llevarnos hacia ese acantilado misterioso—esa otredad imposible de nombrar—que llamamos poesía?
El concepto de epifanía nos puede servir para nombrar (al menos, intentar nombrar) esos momentos de experiencia en los que hacemos contacto con algo que se escapa a las palabras—el desconcierto de no saber cómo contar algo, la experiencia inenarrable.
—Ay, no sé cómo decirlo.
Pensemos en la narración literaria como un camino que nos lleva hasta el Acantilado de lo Innombrable. Al hacer arte, buscamos lo imposible. Narramos para perdernos, para asombrarnos, para dejar de entender.
No narramos para recuperar algo perdido (para solo recordar algo que sucedió) sino para hundir nuestra percepción en la distancia y así, con suerte, descubrir (o crear) algo nuevo.
No narramos, como el cronista, para traducir lo invisible en visible, sino para reconocer, y celebrar, que hay zonas de lo invisible, de lo desconocido, que jamás podrán ser iluminadas y conocidas. Narramos no para transformar lo desconocido en conocido, sino para celebrar que hay zonas de la experiencia que nunca podrán ser del todo nombradas.
Las formas estéticas, dice Ticio Escobar, no son buenas mensajeras. Parafraseando, el arte es el mensajero de un mensaje imposible. Narramos para celebrar ese Misterio.
El relato, en principio, es una herramienta de supervivencia: contamos historias para tejer tribus, sociedades, personalidades—trazamos mapas para llegar al alimento.
El ego (nuestra primera ficción, nuestra primera institución) es una estructura narrativa de supervivencia. El ego (y la cultura, también, como un ego colectivo) es un mapa que nos dice por dónde hay supervivencia y por dónde peligro. Cuando, además de para sobrevivir, usamos la herramienta de la ficción para crear arte, las posibilidades se multiplican.
Si en la vida cotidiana usamos la ficción como mapa... En el arte, ¿qué?
El arte ¿es solo un relato que busca la supervivencia?
Si el arte no busca la supervivencia, ¿qué busca? Si en la vida cotidiana usamos relatos para simplificar la experiencia, entendernos y organizar mapas de supervivencia, ¿qué pasa cuando detenemos esa carrera por no morir y entramos a la sala de teatro, uno de los pocos espacios donde nos animamos a apagar el celular? Si el arte de la ficción no busca simplificar la experiencia (eliminar complejidad y sutileza), como sí lo tienen que hacer los mapas de supervivencia de la vida cotidiana, entonces ¿qué busca?
Si, para el arte de la ficción, la complejidad y la riqueza ambivalente del mundo ya no son un problema, ¿qué son?
En la vida cotidiana, complejidad equivale a peligro. Cuando se acerca el forastero, necesitamos simplificar y definir si ese cuerpo que se agranda, porque se acerca, representa una posibilidad o un riesgo. Nuestra sensibilidad de supervivencia funciona así, de modo arquetípico, haciendo del mundo un campo de batalla—buenos y malos.
El arte de la ficción nos recuerda que la complejidad no es un enemigo, sino todo lo contrario—una posibilidad de apertura y transformación. En el arte, podemos reconocer que esa Diferencia que en la vida cotidiana llamamos enemigo trae información valiosa para nuestra transformación.
Parafraseando a Declan Donnellan, la simplificación puede servirle a un juez, pero no a un artista.
Pensemos al ego (el individual y el colectivo) como un mapa de simplificaciones. ¿Por qué simplificamos la experiencia? ¿Por qué reducimos la complejidad de la vida a unos dibujos de palitos?
En principio, simplificamos para juzgar si una situación (o un otro) puede beneficiarnos o ponernos en peligro. Ese es el modo dualista, básico, con el que funciona nuestro cerebro. Los humanos transformamos el día y la noche en la luz y la oscuridad; luego, en el bien y el mal.
Si en la vida cotidiana tendemos a dar un solo significado a cada experiencia (simplificamos para ubicarnos, sacar provecho, defendernos, sobrevivir), en el arte podemos reconocer que cada experiencia tiene un potencial poético enorme—un potencial enorme de multiplicarnos.
Pensemos en la poesía como un potencial. Algo latente, algo que quiere ser, algo que se anuncia...
Como decía Borges, algo que quiere ser revelado...
Esa llanura que, como dice en su cuento El fin, “está por decir algo, pero nunca lo dice, o lo dice infinitamente y no lo entendemos, o lo entendemos, pero es intraducible como una música.”
Ese potencial intraducible...
¿Qué es el potencial poético de la experiencia?
En principio, el potencial poético de la experiencia es su capacidad de significar más de una sola cosa. La buena narrativa (cine, literatura, teatro) reconoce y explora esa cualidad ambivalente de toda experiencia.
Como dice Sontag, una buena obra de arte es una experiencia de rodeo—damos vueltas, y el estilo de una obra es su intento torpe, sucio o elegante, de llegar a decir algo que, en lo profundo, sabe que nunca dirá.
En general, en la vida cotidiana, no nos gusta la ambivalencia. Rechazamos el malentendido y la ambigüedad. Estamos cableados para definir y encasillar al otro, y a las experiencias nuevas, según parámetros viejos que buscan clasificar en “amigo” o “enemigo”, así como en “buena noticia” o “mala noticia”.
Para nuestra programación de supervivencia, la ambivalencia (la ambigüedad) significa riesgo de vida. Por eso buscamos eliminarla... Sí, en la vida... Pero, ¿en el arte también?
El sentimentalismo, como dice Donnellan, es una negativa a aceptar la ambivalencia de todo fenómeno, una reducción drástica de la ambigüedad.
Digamos que en la vida cotidiana tendemos a ser sentimentales, porque tendemos a ver todo en blanco y negro, de modo polarizado. En la vida, buscamos reducir el malentendido lo máximo posible—nos aterra el malentendido. Preferimos etiquetar al otro como enemigo y cancelarlo de nuestro mapa de experiencias a que se mantenga en una zona de indefinición. El ego detesta la indeterminación.
En el arte de la ficción, en cambio, el malentendido (la indeterminación) no es un problema sino, por el contrario, una oportunidad.
En el cuento, en la novela, en la ficción audiovisual o teatral, la ambigüedad puede ser revalorizada y celebrada. Así, con ese coraje loco al que nos invita la experiencia estética, la vida recupera su misterio, su gracia, su vibración abismal.
Tal vez eso sea lo que buscamos al escribir ficción: devolver a la vida esa textura misteriosa (inquieta, digamos) que en el cotidiano tendemos a cancelar. Otra vez Sontag: la ficción para recuperar nuestro derecho a la intensidad.
Si un mapa siempre es una simplificación de un territorio, en el arte narrativo, en la ficción poética, buscamos reconocer ese reduccionismo cartográfico y celebrar la complejidad de la vida y la experiencia humana.
Al menos en el momento arte, celebrar que estamos locos.


